Esperó, esperó . . . Y supo esperar como nadie lo haría; porque su corazón latia con una fuerza inmensa cuando él estaba cerca, porque él, de verdad, hacía temblar a su alma, porque sabía que nadie la haría sentir ese sin fin de sensaciones en el estómago, porque él la hacía soñar, volar; por eso esperó, y esperó. Porque la esperanza, era el alimento de su alma, día a día, porque esa esperanza la mantenía viva y llena de vida, porque al fin y al cabo, por él, valía la pena esperar, y siguió, si, siguió esperando, o más bien, esperándolo. Hasta que . . . esa espera, se volvió infinita, infinita como el universo, pero ella, no dejó de esperar, esperó hasta que ya no pudo más, esperó con la más incierta esperanza de que él volviera algún día . . .